Actualizado: 5 July, 2020

“¿Hay alguien aquí con vida?”: el grito de un venezolano que resuena en Bogotá en medio de la crisis por la pandemia (+Video)

La historia de Diego Martorell es similar a la de muchos connacionales en Colombia. Este venezolano, de 27 años de edad, anda por las calles de Bogotá preguntando a grito herido si “hay alguien con vida”, pero el silencio lo prosigue.

Apenas termina su proclama, tan jocosa e insolente que resulta imposible pasar por alto, hay una pausa de espera por un llamado de ayuda. Pero, como él dice, pareciera que, a veces, no hay vida.

Parece que el coronavirus hizo de las suyas aquí“, en estos barrios de clase alta empotrados en las húmedas y frondosas montañas de los Andes, dice a la BBC Mundo.

Ante el silencio, Martorell baja su mirada, que estaba puesta en los edificios, emite un gemido de resignación y cansancio, y reanuda su arenga: “¿Hay alguien aquí con vida? Bolsas para la basura, sumercé, con lo que me pueda ayudar“.

Esos son los gritos de auxilio del venezolano que está por ser padre por tercera vez y quefue desalojado de la residencia donde vivía.

Con la pandemia, la pobreza en Colombia pasó del 25 al 45% y el desempleo formal del 12 al 20%, según cifras oficiales.

Martorell dice ser consciente de la crisis económica generada por el virus y por eso no quiere tomar la decisión de volver a Venezuela porque se va la luz, no hay agua y los hospitales no tienen insumos.

“Si la cosa ya estaba jodida antes (en Venezuela), imagínate cómo está ahora con el coronavirus“, señala.

Nacido en Punto Fijo. Su padre, de origen español, dejó la familia cuando era niño. Se graduó de bachiller e hizo, en Caracas, una licenciatura en procesos gerenciales que pagó con participaciones en comerciales de televisión. Tiene dos hijos, de 5 y 2 años de edad, y un tercero que puede nacer en cualquier momento. Por estos días vive en un inquilinato en los cerros del sur de Bogotá.

Su primer año en Colombia fue en Cali y lleva dos en Bogotá que ha sobrellevado con actuaciones y discursos en el transporte público, una de las actividades más comunes entre venezolanos.

“No me avergüenzo, porque el trabajo dignifica, y sé que, por cada turno, de cada 10 personas que me escuchan, unas dos o tres les queda mi mensaje (…) Un mensaje de que nada nos hace distintos, que eso que pasa por Cúcuta es un río, la única frontera que tenemos está en la cabeza”, expresa.

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